LA GUERRA DE UN DEBIL TRUMP

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JAN MARTINEZ AHRENS. EL PAIS.

El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán tiene su origen en una doble debilidad. La primera corresponde al pésimo momento que atraviesa el presidente Donald Trump. Al daño que ha generado en su base electoral el ponzoñoso caso Epstein, se ha sumado la decisión del Tribunal Supremo (de mayoría conservadora por obra suya) de anular la mayor parte de su política arancelaria, posiblemente la medida de la que más se ufanaba. Ha sido un gigantesco varapalo que ha llevado a Trump, consciente de la importancia de las elecciones al Congreso y al Senado de noviembre, a buscar la recuperación en una guerra contra Irán, un régimen cuya debilidad es patente. Teherán ha visto en los últimos tiempos desmoronarse sus principales franquicias exteriores, Hezbolá y Hamás, y, en el interior, el país se hunde entre masivas protestas, un bazar estrangulado y un sistema de corte teocrático incapaz de responder a las nuevas necesidades.

Esta fragilidad ha alentado en la Casa Blanca la idea de que un golpe certero derivaría en una victoria fácil y rápida. El cálculo, que se reafirma en la pobre reacción iraní al ataque de junio pasado y en la apabullante superioridad armamentística de Estados Unidos e Israel, pasa por alto que, a diferencia de Venezuela o Cuba, el principal elemento de cohesión interna del régimen iraní, al menos en sus partes más activas, es el fanatismo religioso. Un factor que no solo hace previsible una resistencia mayor, sino que abre la puerta a un escenario de respuesta muy alejado de la guerra convencional. No es lo mismo matar a un general que a un ayatolá, y mucho menos si es el líder supremo de la Revolución Islámica. Trump, aconsejado por los halcones israelíes, ha prendido fuego a una mecha que en cualquier momento, en cualquier calle de Occidente, puede estallar.